Cuerpo y nombre

Cuerpo y nombre

Necesidad de poseer cuerpo y nombre para acceder plenamente a la ciudadanía

Durante su intervención en el Congreso Internacional “Género, Constitución y Estatutos de Autonomía (Madrid, 2006), Mercedes Bengoechea puso sobre la mesa de debates “la necesidad de poseer el propio cuerpo, un cuerpo que en nuestro caso es sexuado en femenino, para adquirir plenamente la ciudadanía política. Desde un aspecto simbólico, el requisito indispensable para adquirir esa plena ciudadanía política sería el ser nombradas como sujetos con cuerpo, es decir, en femenino. Abandonar el exilio de la política y de la ciudadanía, la intemperie a la que nos destierra el uso del término genérico masculino: dejar de estar subsumidas en el «neutro» ciudadanos y pasar a ser ciudadanas”.

“La posesión del propio cuerpo a través de la existencia en el lenguaje como ser femenino tiene un efecto inmediato: revela que el sujeto político y lingüístico es sexuado en masculino y acaba con la falacia de una supuesta neutralidad del sujeto. Y es necesario hacerlo porque en el orden político, legislativo y simbólico patriarcal, el masculino ha usurpado el neutro, constituyéndose en referencia universal única y convirtiéndose en la única categoría pensable y decible de lo universal. Entre otros mecanismos, la monopolización del masculino como universal se ha logrado gracias al uso lingüístico del masculino (los ciudadanos) para designar a ciudadanos y ciudadanas.

La usurpación del neutro por el masculino tiene muchas, muchísimas consecuencias. Una de ellas es que ha borrado a las mujeres del imaginario colectivo, haciendo muy difícil caer en la cuenta de que hay mujeres. Además, consolida el lenguaje y el pensamiento de los hombres como instrumentos de buscar, resaltar y trabar únicamente relaciones de semejanza masculina. Una tercera consecuencia es que, al excluir a las mujeres del discurso, las deja huérfanas de semejantes. Finalmente, el discurso en neutro masculino ayuda a esconder la desigualdad de trato, que pasa más desapercibida, al permitir la inclusión o la exclusión de las mujeres del término masculino.

Para lograr la equiparación, no podemos dejar de constituirnos en sujetos con cuerpo, tomando el nombre femenino y con éste la identidad. El sujeto no se da en la intimidad: yo soy sujeto si trasciendo, si se me reconoce como sujeto. La acción política parte de un reconocimiento recíproco entre sujetos. Una vez adquirida nuestra identidad, dueñas de nuestro cuerpo, convertidas en sujeto mujer, podemos alcanzar la equiparación. Si no tenemos existencia, si no tenemos nombre, sólo podemos equipararnos al vacío.”


Tras detallar las consecuencias de esa usurpación del neutro por el masculino, Bengoechea concluye:  

“La lengua y su uso son fundamentales en la producción y reproducción de la ideología; así como en la disposición para ver el mundo de una u otra manera. El cambio en algunos usos lingüísticos que hasta ahora han estado regulado por una ideología patriarcal es vital para una lengua que debe servir a una sociedad plural. La resistencia a masculinizar términos como prostituta o ama de casa (es decir, políticas lingüísticas que niegan la existencia de hombres ejerciendo la prostitución o llevando el hogar) o la resistencia a feminizar términos como capataz o capitán (es decir, negando la mera posibilidad de que mujeres vigilen o controlen ciertas faenas, o dirijan una tropa) no sólo estorban simbólicamente la igualdad, sino que muestran el rechazo ante ella. Estas resistencias son anacrónicas, distorsionan la realidad y oponen trabas conceptuales a la igualdad real entre hombres y mujeres.

Por otra parte, ha llegado el momento de que las mujeres estemos presentes, nombradas y representadas en la lengua, como mujeres, como ciudadanas, y no escondidas en el masculino. La lengua esconde las relaciones de subordinación, al mismo tiempo que las crea. El uso del masculino reproduce y oculta la desigualdad entre mujeres y hombres. Condena a las mujeres a la invisibilidad, las hace desaparecer como sujetos del discurso, de la política y, por tanto, las excluye de la ciudadanía.

El genérico femenino es el lugar donde podemos residir como sujetos políticos: cada vez que nombremos a un sujeto plural femenino estamos desvelando la impostura del neutro masculino y señalando la disparidad en el reparto de poder. Sólo desde el femenino podemos pensarnos, decirnos, actuar y ser reconocibles y pensables. En el masculino-supuestamente-neutro desaparecemos. En cambio, si nos decimos y nos dicen (en femenino), nos incorporaremos a los roles y esferas que nos estaban vedados sin perder nuestro cuerpo, nuestra identidad, y, por tanto, estaremos en la lengua, formaremos parte de lo reconocible y decible y contaremos, se pensará en nosotras, se legislará recordando que existimos, se tendrán en cuenta nuestros problemas específicos, se nos oirá y hasta puede que participemos de la mano con ellos 
  que siempre han sido dichos- en la vida política. Entrar en el mundo simbólico común de la política y el derecho (ser dichas) nos hará adquirir simultáneamente las dimensiones simbólica y material de las que se nos había despojado: ser sujetos en el lenguaje implica ser sujetos sociales, responsables y agentes. El uso convencional del masculino invoca la subordinación femenina: no se puede lograr la igualdad entre un sujeto reconocible, pensable y nombrable, y otro... invisible e innombrado.

El uso del masculino para nombrar a mujeres y hombres es el poso solidificado y “naturalizado” de una sociedad patriarcal en donde la mujer no contaba ni tenía valor. Tal concepción quedó petrificada en unos usos gramaticales que en la actual sociedad no tienen justificación. Mi propuesta no es una locura, como demuestra una Recomendación del Consejo de Ministros del Consejo de Europa aprobada el 21 de febrero de 1990 a la que me remito paa terminar mi intervención: «El Comité de Ministros [...], Subrayando el papel fundamental que cumple el lenguaje en la formación de la identidad social de los individuos y la interacción existente entre lenguaje y actitudes sociales;

Convencido de que el sexismo que se refleja en el lenguaje utilizado en la mayor parte de los estados miembros del Consejo de Europa -que hace predominar lo masculino sobre lo femenino- constituye un estorbo al proceso de instauración de la igualdad entre mujeres y hombres, porque oculta la existencia de las mujeres, que son la mitad de la humanidad, y niega la igualdad entre hombre y mujer; Advirtiendo, además, que el empleo del género masculino para designar a las personas de ambos sexos provoca, en el contexto de la sociedad actual, incertidumbre respecto a las personas, hombres o mujeres, de que se habla; [...] Recomienda a los gobiernos de los Estados miembros que fomente el empleo de un lenguaje que refleje el principio de igualdad entre hombre y mujer [...].

Si a través de la lengua pensamos y ordenamos la realidad, entendemos y manipulamos el mundo, también es el lenguaje el que nos convierte en miembros de la comunidad: nos hace ciudadanos o ciudadanas.”

*Bengoechea es Decana de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Alcalá); Comisión Asesora sobre Lenguaje del Instituto de la Mujer,NOMBRA.
El artículo puede leerse completo en la página de Mujeres en Red. 

 

 

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